Sigo leyendo a Larkin. A Larkin la vida le parece el ejercicio de autopsia al cadáver de la vida misma. Así, describe con extraña desafección las cosas cotidianas que sin embargo utiliza para asomarse al abismo de existir y extinguirse. Como en su poema Pasos tristes que comienza:

Tanteando hacia la cama de vuelta de hacer pis
descorro las cortinas y me sorprendo de
las nubes veloces, la clara limpieza de la luna.

Las cuatro: cuñas de sombra en los jardines,
el cielo una caverna tomada por el viento.
Hay algo que mueve a risa en todo esto.

Pero me detengo ahí, porque comienza a parecerme sintomática la hora: Las cuatro. En el anterior post (su poema albada), lo mismo. Y creo que hay más, pero me voy a quedar  con éste:

POEMA XVI

A la una la botella está vacía.
a las dos el libro al fin cerrado,
a las tres los amantes ya duermen
dándose la espalda
terminados el amor y su comercio,
y ahora las luminosas manecillas
indican que son más de las cuatro,
esa hora de la noche en la que los vientos errantes
agitan la oscuridad.

Y estoy harto de este insomnio,
tanto que casi puedo creerme
que el silencioso río que sale a chorros de la cueva,
no es poderoso ni profundo,
tan solo una imagen, una metáfora forzada.
Me acuesto y espero a que llegue la mañana, y con ella los pájaros,
y los primeros pasos que bajan por la calle sin barrer,
y las voces de muchachas protegidas con bufandas.

Prometo dejar descansar a Larkin por un tiempo.